AUNQUE PASE POR

EL MÁS OSCURO DE LOS VALLES,
NO TEMERÉ PELIGRO ALGUNO,

PORQUE TÚ, SEÑOR,
ESTÁS CONMIGO;
TU VARA Y TU BASTÓN
ME INSPIRAN CONFIANZA.

SALMO 23:4 (DHH)

El evento relatado en los evangelios, que tuvo lugar en el Huerto de
Getsemaní, puede ser considerado una de las situaciones donde
claramente se evidencia la humanidad de Jesús. Así como tú y yo
experimentamos tristeza y ansiedad, el Hijo de Dios también lo vivió y, a
partir de esa vivencia, nos deja una enseñanza sobre el manejo de
emociones difíciles.
Jesús sabía con anticipación lo que le iba a pasar, eso generó en Él tal
nivel de tristeza y ansiedad que les dice a sus discípulos más cercanos
que se “sentía morir”. Probablemente estaba viviendo lo que hoy en día
denominamos un “ataque de pánico”.
Jesús en medio de esa situación, reconoce ambas emociones y las
verbaliza con quienes constituían su círculo de confianza, comparte
cómo se siente. Y antes de retirarse a hablar a solas con su Padre, les
pide a sus amigos que oren también para enfrentar lo que se venía.
Postrado delante de Dios, abre su corazón, confiesa sus temores, sus
tristezas y ansiedades. Las gotas de sangre que derramó se deben a la
agonía tan severa que estaba enfrentando. Producto de la ansiedad, los
vasos capilares reventaban mezclando el sudor con sangre. Aun así, Él
se somete ante la autoridad del Todopoderoso, se humilla delante de su
Padre y busca hacer su voluntad a pesar de lo que implicará.
A medida que aumentaba la agonía, Jesús oró con mayor fervor. No se
desanimó al ver que sus amigos se dormían, vencidos por el cansancio
y el sueño. Aunque los demás dormían, su Padre lo escuchaba y le
envió ayuda del cielo: un ángel para fortalecerlo.
Hoy, este suceso nos enseña que, en medio de la ansiedad, del dolor y
de la tristeza, hay esperanza. Aprendemos que es importante
reconocer las emociones, nombrarlas y expresarlas.
Tenemos la certeza de que hay alguien que está atento a nuestro
clamor, para quien lo que sentimos no es ajeno, Él ya pasó por eso. Ese
alguien es Dios mismo, es nuestro Padre amoroso a quién podemos
llevar estas emociones y entregárselas por completo.

Sin duda, también nos enviará fortaleza y consuelo como lo hizo con
Jesús. Podremos salir victoriosos mirando con esperanza el futuro,
seguros que sin importar lo que venga, caminamos en la voluntad de
Dios y Él camina con nosotros.
Sin importar si tus amigos o personas cercanas “duermen” alrededor
tuyo, si no te acompañan como quisieras, Dios te escucha, está atento
a tu clamor y te responde.
En medio de tu Getsemaní personal, puedes decidir dejarte agobiar por
las tristezas y entrar en un estado de aletargamiento como lo hicieron
los discípulos o puedes tomar el ejemplo de Jesús, reconocer lo que
estás sintiendo y pasar a la acción: ir delante de tu Padre Celestial para
entregar tus cargas y, a cambio, recibir fortaleza para lo que sigue.
¿Qué decisión tomarás?