ECHA SOBRE EL SEÑOR

TU CARGA, Y ÉL TE SUSTENTARÁ.

SALMO 55:22 (NBLA)

La historia de Ana nos muestra lo que en alguna etapa de nuestra vida
hemos vivido. Al igual que ella, ocasión tras ocasión, hemos estado
inmersos en un ciclo de dolor que nos lleva a descuidar nuestra salud,
nuestro cuerpo y nos acarrea frustración y desesperanza.
¿Cuántas veces te has sentido como Ana, infeliz, enojado o frustrado
por alguna situación que te parece injusta, que no es lo que esperabas?
Por mucho tiempo Ana no tuvo hijos, lo que en tiempos antiguos era
devastador para una mujer. Sufría desprecio por su esterilidad. Cada
año, en el tiempo de ir a ofrecer sacrificio con su esposo era cuando
más evidente se hacía su sufrimiento.
Ana había entrado en un ciclo de dolor que se repetía cada año. Cada
vez que subían al templo, sentía el desprecio de Penina (la otra esposa
de Elcana) y ella terminaba enojada, llorando y dejando de comer. Esto
sucedía una y otra vez. Ana había establecido un patrón de
comportamiento; sus emociones (enojo, tristeza, frustración) la llevaban
a conductas autodestructivas.
La historia da un giro el día que Ana hace algo diferente, cuando rompe
el patrón que venía desarrollando año tras año. Esta vez decide hacer
algo más. Esta vez acude a alguien: fue delante de la presencia de
Dios y derramó su alma. Expresó delante de Dios su angustia, sacó
toda la amargura que llevaba adentro por años, lloró
abundantemente delante de Él, le contó a Dios la razón de su
angustia y le pidió intervenir en el problema.
Dios escuchó su clamor y, a través de Elí, el sacerdote de la época, él le
envía un mensaje de paz, tranquilidad y confianza que generó en ella
una actitud distinta. Ana ahora reacciona de otra manera. Las
circunstancias no cambiaron, pero ella cambia al estar en la presencia
de Dios y expresar sus emociones.
Esta historia nos da una nueva perspectiva ante las emociones que nos
desbordan: aprendemos que la presencia de Dios es el lugar correcto a
donde llevar nuestras emociones, especialmente las difíciles. Derramar
mi alma delante de Él, llorar en su presencia, llevar mi causa delante de
Él, sean quejas, frustraciones, miedos, lo cambia todo.

Cuán transformador es saber que Dios no se asusta de mis emociones,
que Él las entiende tan bien que me recibe con brazos abiertos, que me
acaricia con su paz, toma mis cargas, preocupaciones, frustraciones,
toma mi enojo y no me juzga. A cambio, Él me da paz y gozo,
transforma aquello que me agobiaba en una nueva manera de ver las
circunstancias.
Hoy, este Padre amoroso te invita a ir delante de su presencia a
derramar tu alma, a llevar delante de su trono cada emoción, cada
angustia y preocupación.
¿Responderás a esta invitación?
¡Él te está esperando!